El espectador como protagonista



“El acontecimiento teatral una gran asamblea, es un ágora, es el lugar donde uno ve sentir al otro, ve comunicarse al otro… sobre el otro, y tal vez se conmueva mucho más de la conmoción que produce el espectáculo en el otro que de la conmoción que produce en uno mismo”, dice el crítico teatral Jorge Dubatti.


En ese sentido el espectador, más allá de la vieja percepción, es un ente activo y participativo del acontecimiento teatral. Y es así como “el espectador empieza a reivindicarse como un sujeto complejo, en el sentido de que es mucho más que ser un receptor de lo que hacen los artistas” sobre la escena.

Es así como más allá de los actores, el director, los técnicos, el público desde la perspectiva de la nueva teoría teatral se convierte en parte de la obra, dentro de ese espacio democrático en la que se constituye una sala teatral actualmente.

El espectador teatral ha sido analizado desde distintas perspectivas (semiótica, antropología, sociología, filosofía), que han evidenciado que hoy “el protagonista” de la puesta en escena y las nuevas teatralidades es el público: hoy está metido dentro del acontecimiento como “modificador del acontecimiento, participativo, un espectador y oficiante”.

Tal como apunta Jorge Dubatti “la teoría del convivio ha puesto en primerísimo lugar el papel de un espectador fuertemente participativo, politeísta”, en el sentido de que el público puede relacionarse con espectáculos muy diferentes de gran capacidad de multiplicación.

 La nueva escena social, matizada por la tecnología y sus redes sociales, el acceso a la multiculturalidad ha construido un espectador más crítico, “empoderado”, con dominio de causa, con puntos de referencia y con la capacidad de decidir qué ve.

 De acuerdo a los teóricos, la teatralidad no es exclusiva del teatro: es inseparable de lo humano y nos acompaña desde los orígenes. “La teatralidad está presente en la esfera completa de las prácticas humanas en sociedad: la organización familiar, la cívica, el comercio, el rito, el deporte, la sexualidad, la construcción de género, la violencia legitimada, la educación, y otras innumerables formas de lo que podemos llamar genéricamente la teatralidad social, es decir, la teatralidad que es fundamento de los intercambios y acuerdos sociales en la vida cotidiana”.

 En ese sentido, es en el convivio del espacio teatral “donde uno se relaciona con el otro… donde voy a encontrarme conmigo mismo en el acontecimiento, pero lo que más me conmueve es la relación con la gente: percibir el silencio, percibir el aburrimiento, percibir la emoción recibir esos momentos en los que uno está viendo una escena intelectualmente y la señora que está al lado empieza a llorar y las sensaciones de porque está llorando, y yo estar viendo la obra a través del otro. Esta idea del vínculo vicario con el acontecimiento”.

En ese sentido, el teatro se convierte en una zona de afectación tremendamente múltiple, en la que lo que percibes es al otro. Y se dan una serie de relaciones: la de un actor con otro, la del público con el actor, la del público con el público… y eso completa todo un ciclo de interacciones que definen el hecho teatral.

 Sin duda, hoy la función del espectador se repiensa y se le otorga el rol activo, los merecidos créditos dentro de la lógica bilateral, de correspondencia, que propone un espectáculo teatral.


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