Dramaturgo: acción y corazón


Hablar del papel o rol del dramaturgo, inmediata y curiosamente lo circunscribe a personaje primario de la obra. El dramaturgo para mi es tanto un técnico, un artista, como un político. Técnico porque se vale de herramientas para hacer su puesta en escena atractiva: a través de la acción, emoción e información, como apunta César De María. Es un artista porque crea nuevas realidades desde la dimensión estética y poética. Y es un político porque usa sus palabras, su obra, como arma de resistencia, reflexión y, casi siempre, para mover al cambio.

Hoy, sobre todo, el papel de dramaturgo es fundamental, por esa misma urgencia de cambio y transformación. Es su deber crear personajes empáticos, que nos despierten para como espectadores completar la “obra”, con todo lo que eso implica. Es decir: del teatro a la realidad.

El escritor polaco Ryszard Kapuściński escribió una vez que “para ser buen periodista, primero había que ser buena persona”. Lo mismo pienso del dramaturgo, pero añadiría que un buen dramaturgo tiene que tener, sobre todo, un buen corazón.

Dramaturgos consentidos tengo muchos, pero Waddys Jáquez es sin duda mi preferido. Él sabe escoger palabras punzantes para sus personajes dantescos y cernidos de criollismo y pueblo. En sus textos confluyen la ambigüedad, la contradicción, el dolor, el querer y no poder.

El parlamento que da fin a su obra “Pargo, los placeres permitidos” dice en boca de uno de sus decadentes personajes: “Cuando se ha vivido tan mal, morir es redundar”.

 


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