Críticas a obras
teatrales
1. Decir sí
Ficha técnica
Pieza: Decir sí
Teatro Abierto
Dramaturgia: De Griselda
Gambaro
Dirección: Lía Jelín.
Con las actuaciones de
Alejandro Awada (El hombre), Juan Leyrado (El peluquero)
“Decir sí” es una obra breve y
compacta que, en clave de humor aparente, cuenta la historia de un peluquero
que se rehúsa a cortar el pelo de su cliente, y este último no puede contener
las palabras que hierven en su boca. Pero este es solo un argumento simulado.
Luego el peluquero TOMA EL PODER. Sí, en mayúsculas. Hace un ritual con la navaja de afeitar, hay un guiño simbólico cuando ata la capa al cliente como si intentara ahorcarlo hasta que corta en dos el cuello y baja la iluminación en la escena. El peluquero abandona el cuerpo en el sillón, hace un baile de la victoria, se quita el bisoñé y el bigote y los lanza por la ventada. Ya no hay nada que fingir. Ahora hay más silencio.
Eso es lo que vemos, pero ¿qué se esconde debajo de esta sugestiva dramaturgia? Como bien apunta , del portal Letralia.com, Teatro Abierto fue la manera que los dramaturgos argentinos tuvieron de levantar la voz ante la represión cultural, de desafiar al régimen llevando sus obras al límite donde la autocensura se vuelve contracensura, donde la comedia colinda con lo grotesco y la violencia, sin jamás explicitar la crítica a la dictadura.
Es así, cuando conocemos el trasfondo, que emerge la lucidez, la lógica de esta puesta en escena que reivindica el absurdo y todo cobra un sentido más punzante y contundente, cultural y social.
Es la apatía un arma de poder, es el exceso lingüístico un arma de contracultura y es la resistencia inteligente puesta en escena la más letal de todas. Eso nos recuerda “Decir sí”.
2. El acompañamiento
Ficha técnica
Pieza: El acompañamiento
Dramaturgia: Carlos Gorostiza
Dirección: Alfredo Zemma
Con las actuaciones de Gabriel Goity (Tuco) y Mauricio Dayub (Sebastián)
Tuco toca unos acordes. Sus dedos cabalgan sobre
unas cuerdas invisibles. Canta, afina su voz, ensaya, repite. Tocan a la puerta
y pregunta quién es. La abre escéptico, cuchillo en mano. Es Sebastián, su
amigo. Esta es la primera estocada dramática de El acompañamiento, una obra del
dramaturgo Carlos Gorostiza, llevada a la escena por primera vez en 1981, al
calor de la resistencia contra la dictatura argentina.
La pieza promueve una simbiosis de libertad (en
su concepto más amplio), locura y ansias por el tiempo perdido, porque como
dice Tuco: “¿Quién no intenta seguir un sueño más allá de las posibilidades de
lograrlo?” O cuando reflexiona: “Sí me hubiera dado el lugar que me correspondía,
mi vida habría sido otra”.
Esta obra lúcida, en clave humor en clave drama, cuenta la historia de Tuco que pasado la mediana edad decide retomar su sueño de ser cantante de tango, a lo Gardel, su ídolo. Y quizá se rebautiza Carlos Bolívar por eso. Tuco se aísla de la familia y el mundo en una especie de habitación-atolladero o ático preparándose vocalmente, mientras espera al acompañamiento musical que un tal Mingo "prometió" mandarle para ensayar y así triunfar en la televisión.
Su esperanza: cambiar el paisaje de los fierros del
taller en el que trabajaba por el de la escena y los aplausos.
Animado por la familia de Tuco, su fiel amigo Sebastián trata de disuadirlo para que abandone esta empresa quimérica, absurda. Y es aquí cuando se ponen de relieve serios cuestionamientos sobre los anhelos, la resistencia, la familia y los fieles.
En la pieza la violencia de un cuchillo separa el mundo de los locos y de los supuestos lúcidos, y profundas reflexiones emergen: ¿Hay realmente un ocaso de la vida, un momento para la renuncia a los sueños pendientes? ¿Hay anhelos con fechas de caducidad? ¿Es que despolvar los sueños nos hace dementes? ¿Quiénes deben volver a la cordura: los que sueñan o los que se resisten por miedo?
La interpretación de los actores es digna de los decanos de la escena. Hay una integración escénica potente, convincente y creíble de ambos. La escenografía propone un juego dual: el desorden físico, con el mental. Lo viejo en sinuoso coqueteo con los ideales guardados.
Precedido de reflexiones sobre el dolor, el arrepentimiento, ser un perdedor o un ganador vital, el cierre es la guinda del pastel: ¿Qué no haríamos por un amigo? ¿hasta perder la razón? ¿Para salvarlo necesito acompañarlo? La solidaridad, el amor y no admitirnos nuestras verdades también puede llevarnos por los caminos del delirio. O lo que sea que eso signifique.
3. Gris de ausencia
Ficha técnica
Pieza: Gris de ausencia
Dramaturgia: Roberto Cossa
Dirección: Agustín Alezzo
Con las actuaciones de Pepe Soriano (Abuelo), Darío
Grandinetti (Chilo), Adela Gleijer (Lucía), Pepe Novoa (Dante) y Natalia
Laphitz (Frida)
Añoranzas, nostalgias y la imposibilidad de un regreso es lo que platea Gris de ausencia, una exquisita pieza que es más bien una metáfora del exilio, del sentido de pertenencia y la radicación forzada, autoimpuesta.
La obra cuenta la historia de una familia argentina de inmigrantes italianos regresa a Roma y deben su sustento a un restaurante llamado Trattoria La Argentina. La multiculturalidad se hace evidente en el abuelo argentino senil, el hijo que vive en Londres y habla en inglés, la madre italiana que despide a la que vive en España… envuelto en una aparente y normal cotidianidad.
La queja y la resistencia al lugar de residencia es una constante. El recuerdo y la nostalgia un discurso latente. El abuelo desmemoriado y con letanía y su lamento incesante es, curiosamente, “la memoria” de esos días en tierra argentina. Esa infelicidad transversal es rutina, es dependencia.
El desarraigo trae como consecuencia una existencia dividida y la sensación de ser turista vitalicio. El no integrarse del todo al nuevo espacio y el miedo a separar del corazón la tierra madre, a la cotidianidad perdida es aquí punta de lanza.
Los actores en conjunto se adueñan de la escena con la naturalidad de una familia tradicional cualquiera, con esas pequeñas contradicciones que aderezan las relaciones filiales. Este es un espectáculo creíble, cercano, con sus tristezas y pequeñas alegrías que contagian.
Rebeldía, resistencia, dolor y la conformidad es el coctel que también nos sirve Gris de ausencia. Uno por momentos agridulce, otros muy amargo. Una pieza para agradecer y bendecir los que tenemos el privilegio de vivir, con todo y las quejas, en el lugar donde nacimos.
4. El ensayo
Ficha
técnica
Escrita y
dirigida: Johan Velandia
Con las
actuaciones de Rafael Zea, Santiago Alarcón y César Álvarez
Escenografía: La
Congregación
Producción y
asistencia: Sergio Castillo Compañía La Congregación (Colombia)
La queja, el reclamo, la crítica y la violencia soslayada y explícita de tres ancianas en una sociedad “en la que toca defenderse de todo”, es la carta de presentación de El Ensayo, una peculiar puesta en escena de la compañía de teatro colombiana La Congregación.
En el Medellín de los 90’s estas tres mujeres de un barrio populoso se reúnen con el pretexto de ensayar una cumbia, “escarban para sus adentros” y cuentan un país, una sociedad y un sistema al que pertenecen, pero a la misma vez cuestionan y, en su convite, hacen catarsis de las miserias ajenas y personales.
Despotrican con todo y contra todos, bajo la sagrada protección divina. Tiran la piedra, esconden la mano, porque como diría para justificarse cualquier cofradía del chisme: “quienes somos nosotras para juzgar”.
Los temas de estas decrépitas en ropa de aeróbicos son diversos y pintorescos: los muebles, la política, los robos, las drogas, las comunas, Pablo Escobar… Son graciosas, reflexivas y decepcionadas, amargadas, derrotadas. Despotrican contra el mundo y contra ellas, evidenciando deslealtad, hipocresía y saña en clave de comadreo. Todo acaba en violencia.
Todas son cómplices, todas son culpables de sus quejas. Adolecen del ejemplo que exigen en los demás. Doble moral. Una doble moral que pavimenta la sociedad de una floja democracia, fundamentada en el miedo, la violencia y la opresión de todo tipo.
Muerte, venganza y más muerte es el carnaval de juegos cíclicos que plantea esta historia de un Medellín sumido en los oscuros tentáculos del narcotráfico que alcanza todo el país, todas las casas, todas las familias, todas las personas.
La irreverencia, las manías propias de la edad y los achaques se combinan con líneas deliciosas, refrescantes e hilarantes, en el marco de una escenografía tan simplista como alegórica, con la imagen gigantesca de la Virgen como telón de fondo o la fotografía de Juan Carlos, el hijo muerto de una de las ancianas.
La narración, la coreografía escénica repleta de simbolismos contemporáneos completan una pieza rica textual reconstructiva de la memoria y visualmente “como si estuviéramos en el teatro”, tal como repiten los actores en onda leitmotiv.
Los actores
articulan una puesta en escena con ritmo, picardía y una gracia, sin
pretensiones ni parafernalias interpretativas. Y con ese acento paisa, tan
melódico, tan cautivante. Tan cálido, de un Medellín que hoy se limpia la
memoria de aquellos días negros de víctimas. Y que hoy vive solo el día de los
héroes.



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